Lima, 4 de septiembre del 2018

Querido Papa Francisco:

Las religiosas y los religiosos del Perú, desde lo más profundo del corazón y conscientes del momento eclesial y social que estamos viviendo queremos decirle: Santo Padre, ¡Estamos con usted!

Somos parte del pueblo de Dios, somos Iglesia, somos hermanos y hermanas, y nos duelen profundamente los ataques que usted, como pastor y amigo, está sufriendo en los últimos tiempos. Desde estas tierras peruanas, en las que tuvimos la gracia de tenerlo entre nosotros, queremos hacerle llegar todo nuestro apoyo y cercanía.

Santo Padre, en tiempos turbulentos para la humanidad y para la Iglesia, su enseñanza y su ejemplo nos devuelven la frescura del Evangelio, al estilo de Francisco de Asís. Su mensaje profético nos recuerda que lo fundamental es el seguimiento de Jesús pobre y humilde, para ser de verdad Iglesia de los pobres y para los pobres y en salida hacia las nuevas periferias existenciales y geográficas. Así, nos ha invitado a emprender de manera decidida un camino de “conversión ecológica integral” a través de la renovación, incluso de nuestras estructuras organizativas. Todo ello para animarnos a vivir una santidad cotidiana y auténtica. (Evangelii Gaudium, Laudato Si, Amoris Laetitia, Gaudete et Exsultate).

Santo Padre, estamos con usted, pidiendo para toda nuestra Iglesia esa actitud sanadora y liberadora que anuncia san Pablo para los momentos turbulentos: “Manténganse en pie, rodeada su cintura con la verdad, protegidos con la coraza de la justicia, calzados sus pies para anunciar el evangelio de la paz” (Efesios 6, 14).

Santo Padre, usted nos recordó aquellos días de su visita: “Los peruanos, en este momento de la historia, no tienen derecho a dejarse robar la esperanza” (Misa en Huanchaco, Trujillo 20.01.18). Gracias por ser ejemplo vivo de esas palabras. Gracias por su parresía, su guía y su valentía. Nos devuelve esperanza, nos reconforta en la misión y, sobre todo, nos transmite paz. La Iglesia profética que estamos llamados a construir a la luz de la fe en Jesucristo, ha tenido siempre momentos de cruz, pero sobre todo de resurrección. Comprobamos que no es fácil ese camino de reforma eclesial para volver al Evangelio, más aún cuando persisten aún fuerzas que quieren distraer y destruir, bajo ese afán de la “autopreservación” tan opuesto al camino de Jesús (Evangelii Gaudium, 27).

Santo Padre, cuente con nuestra constante oración, personal y comunitaria. Cuente con nosotros.

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