Foto referencial.

Escribe: Federico Chunga Fiestas

Casi nos hemos acostumbrado a que los candidatos a cargos públicos incumplan
sus promesas cuando ganan. Ya sea presidentes de la república, congresistas,
gobernadores regionales o alcaldes provinciales y distritales, por lo general una
vez en el Estado se dedican a favorecer intereses privados, de gremios
empresariales, grupos de poder, cuando no sus propios intereses. Los intereses
ciudadanos, esos que en campaña prometieron defender, terminan dejándolos de
lado. Así ha sido, con pocas excepciones, en los casi ciento noventa y siete años
que tiene el Perú como República.

La responsabilidad de tener a este tipo de políticos en el Estado es de nosotros,
los electores, primero, por no ser rigurosos, y votar con poca información o incluso
eligiendo a quienes tienen serios cuestionamientos penales o éticos. Solemos
consolarnos con la idea de que al final “todos roban” o de que “así es la política”.
Pero tal vez la principal causa de este estado de cosas es que nos hemos
conformado con ser solamente electores, y hemos abandonado la política,
dejándosela a quienes solo quieren entrar en ella para medrar. Al final, hemos
creado un círculo vicioso. Hemos dejado la política en manos de bandidos y al
momento de las elecciones la única opción que tenemos es votar por bandidos.

Lo hemos olvidado. Los políticos de hoy y de ayer se han esforzado porque lo
olvidemos. La fuente de todos los males de gobierno de nuestro país, regiones y
municipios, está en la poca importancia que le damos a la participación de la
ciudadanía en las organizaciones políticas. Ello a pesar de que en nuestro
sistema de gobierno solo se puede llegar al poder y lograr cambios desde el
poder a través de ellas. Por eso es importante que nos aseguremos de que
lleguen allí los que representen mejor los intereses ciudadanos.

Pero para lograrlo necesitamos meternos a hacer trabajo político, desde abajo.
Hagamos vida partidaria democrática. Es la única forma de desmontar esta
tradición malsana de partidos políticos familiares o personalistas. Debemos
rechazar que un partido político sea propiedad de una familia y que un par de
hermanos se peleen su conducción como si se tratara de una herencia. O que
haya candidatos que consideren que la fundación de un partido es un asunto
privado ajeno al escrutinio público. O que haya partidos con presidentes vitalicios
que designan a dedo a los demás candidatos a cargos públicos. Debemos
desconfiar de esas organizaciones que una persona forma con el único fin de
llegar él al poder. La política, la buena política, es ajena a esos narcisismos y
mercantilismos.

Cambiar todo eso depende de que nos organicemos desde abajo, de modo que
dejemos sin espacio a partidos de paja, y construyamos con reglas democráticas
y acciones transparentes un nuevo sistema de partidos que esta vez sí represente
al pueblo. Es la gran revolución que necesita nuestro país.

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