Alan García y su pequeño sitio en la historia de Perú

El ex presidente se disparó en la cabeza para no ser detenido por la policía, como si quisie

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Foto: El Popular

La muerte de  Alan García, hace justicia novelesca a una vida política tan torrencial como polémica, más parecida a la de un personaje de su paisano Mario Vargas Llosa en ‘La guerra del fin del mundo’ o en ‘Historia de Mayta‘. El dos veces presidente, principal líder político del Perú de los últimos 40 años exaequo con Alberto Fujimori, se disparó en la cabeza para no ser detenido por la policía, como si quisiera mantener vigente en la posteridad su legendaria fuga de 1992.

En aquel entonces, en la noche del ‘Fujimorazo’ (autogolpe de su sucesor en la Presidencia), eludió a las huestes del dictador, un centenar que rodeaba su residencia en Lima dispuesto a capturarle vivo o muerto. «¡Qué salga Alan García con las manos en la nuca!», relató el propio protagonista en su libro ‘El mundo de Maquiavelo’.

El ex presidente, que había acabado su primer mandato dos años antes, echó mano de sus armas, una costumbre que mantuvo hasta el fin de sus días. Sus disparos al aire no amedrentaron a los soldados, que respondieron con fuego directo. García huyó saltando desde su casa a la del vecino para esconderse en un lugar cercano durante varios días.Este miércoles, en cambio, decidió huir de la acción de la justicia por el atajo que le llevó hasta la muerte.

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Sus palabras en la última entrevista que concedió suenan hoy premonitorias: «Confío hoy en la Historia, soy cristiano y creo en la vida después de la muerte. Y creo tener un pequeño sitio en la historia del Perú«. García irrumpió en la política al galope, empujado por una oratoria contagiosa, una de sus herramientas con las que superaba al más atrevido de los populistas. El militante más volcánico y excéntrico de la socialdemócrata Alianza Popular Revolucionaria Americana (APRA), que hubiera cumplido 70 años el mes que viene, aterrizó en la política tras regresar de Madrid (Universidad Complutense) y París (Sorbona), donde amplió sus estudios jurídicos, los mismos que citaba una y otra vez las últimas semanas para rechazar los cargos en su contra. García, cercano a Felipe González y a otros líderes progresistas de América Latina, participó en la redacción de la Constitución de 1979 y comenzó a colmar las esperanzas de sus compatriotas con su verbo tórrido, capaz de dibujar con las palabras los mejores paraísos políticos.

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Así llegó a la Presidencia en 1985 con sólo 35 años, el más joven del continente, con tantas expectativas que su fracaso abrió camino al desconocido Fujimori, empresario de origen japonés. Este primer mandato, considerado por analistas y expertos uno de las peores en la historia del país, todavía es recordado por la crisis económica y social que provocó, pese a que sus primeras medidas fueron recibidas con alborozo nacional: reducción de gastos militares, pulso con las organizaciones internacionales y la restricción del pago de la deuda exterior. Incluso el propio presidente se bajó el sueldo de 1.000 a 500 dólares, una medida aplaudida que en cambio contrastaba con las acusaciones de enriquecimiento ilícito que llegaron al final de su mandato. Hiperinflación, descrédito internacional y el desafío terrorista de Sendero Luminoso cercaron a García, quien además en 1987 quiso nacionalizar la banca. Surgió entonces una figura que desde entonces no dejó de escrutarle: Vargas Llosa. El escritor se lanzó a la arena política para combatirle, incluso quiso sucederle sin éxito electoral.

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Enemigos pero no irreconciliables, porque tras la tormenta de Fujimori el premio Nobel decidió apoyar a Alan García en 2006 para frenar al militar Ollanta Humala, apoyado entonces por los petrodólares de Hugo Chávez. La reconciliación llegó en 2010, un abrazo histórico refrendado por las palabras del presidente: «Hemos sido adversarios en algún momento, pero sé saludar a la inteligencia. Salve poeta, salve literato».

‘Caballo Loco’ cabalgaba entonces sobre una agenda moderada, que nada tenía que ver con la radical del siglo pasado. «No soy un vendedor de ilusiones, tenemos la experiencia», repetía en sus mítines. Así fue: Perú comenzó a crecer económicamente, como lo sigue haciendo hoy en día liderando la región junto a Panamá. El desgaste de la acción gubernamental y otra serie de escándalos de corrupción cercenaron su nueva candidatura presidencial en 2016.

García vivió parte de su exilio o retiro en España, también en Colombia y Francia, entre dos presidencias y dos intentos de asilo. El primero exitoso en el país cafetero y el segundo, en la Embajada de Uruguay, que fracasó el año pasado.

«Cuando me muera, espero que todos los que hablan mal de mí vayan a mi tumba y digan me equivoqué, porque no te encontraron nada ni a ti ni a nadie (de sus colaboradores)», dejó dicho en 2017, como si de un epitafio se tratase. Sólo la Historia de Perú será capaz de otorgar su lugar al dos veces presidente, el «pequeño sitio» que él mismo demandó hace unos días.

Con información de El Mundo

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