Escribe: P. Paco Muguiro Ibarra S.J.

Nuestros antiguos, y todavía hoy en algunas culturas, le llamaban y le siguen llamando LA MADRE TIERRA. Se sentían que habían salido de ella, que de ella sacaban lo necesario para alimentarse y que no era algo fuera de ellos sino que estaban incluidos en ella, formaban parte  de ella.

Si algo bueno le pasaba a la tierra, les pasaba a ellos también; si algo malo le pasaba a la tierra, les pasaba a ellos también; y hasta la veneraban, le pagaban y pagan su tributo, hoy incomprensible para nuestro otro mundo, como les llamaba nuestro ilustradísimo expresidente Alan García: “prácticas obscurantistas”.

Está claro que eran más inteligentes que nosotros, porque ahora con tanto de eso que llamamos “desarrollo”, la tierra no la consideramos nuestra, la sentimos fuera de nosotros, tan fuera que sería un despropósito considerarla como nuestra madre, ni siquiera nuestra madrastra, porque ahora con los transgénicos, cultivos hidropónicos y otros adelantos, excepto  las papas y los camotes no sabemos si los demás alimentos salen de la tierra o de algún laboratorio.

Estamos tan lejos de la naturaleza y de la tierra que en una escuela urbana la profesora les dijo a sus alumnos que pintaran un pollo y alguno dibujó un pollo a la brasa.

Entonces, como la tierra es para nosotros algo sin importancia, lejano, la utilizamos solo para explotarla y una vez explotada la abandonamos sin más cuidados, la usamos también como basurero y el mar como un gran relleno sanitario, donde botamos los desperdicios más contaminantes,  los plásticos y los desagües de las ciudades.

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Y a nuestros ríos de la selva y de la costa va a parar toda la basura de poblaciones que se ubican en sus orillas. ¿Que pasaría si en nuestra casa no sacáramos todos los días la basura para que la recogiera el camión, y si cuando se malogra un desagüe lo dejáramos correr por nuestra casa varios días? Lo arreglaríamos de inmediato.

Definitivamente la tierra no es nuestra casa, ni siquiera la consideramos como la casa de los demás. En El Dominical de La República del 15 de Abril, se dice a propósito del plástico que “cada minuto que pasa un camión está arrojando toneladas de basura al mar, entre ellas, residuos de botellas, bolsas, envases, chapitas y cañitas”.

Nosotros nos molestamos cuando la  mala vecina deja su bolsa de basura en la puerta de nuestra casa, pero no nos importa botar todos los días toneladas de basura al mar. En definitiva porque no tiene que ver con nosotros.

En las zonas rurales existe un programa del Ministerio de Salud que se titula “Vivienda Saludable” y anima a los campesinos a que arreglen su casa, separen los cuartos de los padres de los de los hijos, que haya higiene, ventilación, etc y dice que  eso es bueno no solo para la convivencia de la familia sino también la de la comunidad.

Y es lo mismo que dice el papa Francisco en su encíclica Laudato Si, pero hablando de nuestra casa común: la tierra. “El ambiente humano y el ambiente natural se degradan juntos, y no podremos afrontar adecuadamente la degradación ambiental si no prestamos atención a causas que tienen que ver con la degradación humana y social. De hecho el deterioro del ambiente y de la sociedad afectan de un modo especial a los más débiles del planeta” (Laudato Si Nº 48).

Con el descuido y desprecio de la tierra nos deshumanizamos. Pero dejemos hablar a los  que aman la tierra: “Junto a la tierra está la vida y junto a la vida está la dignidad”.

“Sabemos que el hombre blanco no comprende nuestra manera de ser. Le da lo mismo un pedazo de tierra que otro. La tierra no es su hermana sino su enemiga. El hombre blanco  no parece sentir el aire que respira. Nosotros y la tierra somos uno, cuando nos la quitan, matan el espíritu que nos da la vida, y terminamos como sombras de seres humanos que viven en países de otros. La tierra es nuestra madre, y un hijo no vende ni negocia con el ser que le da la vida y le garantiza el sustento. Ustedes dicen que el problema del agua, el problema del medio ambiente. La verdad es que el agua no tiene problema, el medio ambiente tampoco. El problema es el  mal uso, el envenenamiento que ustedes están haciendo con todo. Cuando sea cortado el último árbol, pescado el último pez y haya desaparecido el último río, el hombre descubrirá que el dinero no se come” (Frases sacadas del libro Los Guardianes de la Biodiversidad de  Diego de Azqueta Bernar).

Podríamos dejar a indígenas de diversas partes del mundo que nos dieran unas clases y hasta doctorados de como hay que tratar a la tierra. Hoy día la tierra se alegrará de que todavía queden personas que la aman y que la consideran su madre, aunque a la mayoría de los que estamos en el “desarrollo” y sobre todos a las grandes empresas de la madera, palma aceitera y petroleras, digan que hay que explotarla, que para eso está.

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